Cuando fui pura roca
tormentas hubo en mi alma.
Siempre supe
darle al viento algo de mi
ser amante de la lluvia
pedirle al frío clemencia
calmar la sed y la demencia del calor abrazador
disgregarme, ser arena, mojarme,
internarme en el mar, en su profunda oscuridad
y mis propias oscuridades conocer.
Siempre pulí al humillante polvo
que la naturaleza no quiso
que desechó, que amontonó a mis pies ,
lo hice brillar en una luna
y bajo su luz esculpí esta cara, este rostro sobreviviente
coherente, unido
porque pude a mi corazón encontrarle
clavado, el cincel.
Estos son los ríos de mi frente
los que no salieron nunca al mar
heridas
de las veces que el tiempo quiso envejecerme
convencerme de no ser yo.
Y no fueron las de él, sino mis lágrimas
las que me bañaron, me convirtieron en oro.
Así resistí lo irresistible, siendo más fuerte, más firme
aunque aun envíe tormentas
aunque aun me quiera quebrar
aunque aun ignore que ya soy yo
el tiempo.
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